Chispitas de lenguaje

Lenguaje y razonamiento

Enrique R. Soriano Valencia

¿Ha observado, amigo lector, sus procesos mentales cuando razona? La mayoría no lo hacemos (me refiero a la observación). Es un hecho tan natural que no nos percatamos qué sucede en nuestro cerebro al razonar.

Acompáñeme en la siguiente reflexión. ¿Qué sucede cuando recordamos algo?, pongamos unas vacaciones. De inmediato saltan a nuestra mente visiones, imágenes de aquellos momentos: el paisaje,  las bromas, la música, etc. Todos estos recuerdos nos aparecen en la mente como imágenes. Pero no sucede lo mismo con el razonamiento. Éste se hace con palabras. Las palabras son el instrumento mediante el que sucede el razonamiento, según las últimas investigaciones. Mediante ellas se forman los conceptos en la mente. Éstos son fundamentales en el proceso de entendimiento. Pongamos por caso una mesa. Si pedimos a alguien que la defina, normalmente dirá que es una superficie con cuatro patas. Sin embargo, nadie dudará en considerar mesa a una columna ancha, de poca altura que en su superficie luzca un mantel y tenga algunos platos.  ¿Cómo fue posible comprender lo anterior? Porque el concepto mesa ya está en nuestra mente y va más allá de las palabras o de una definición de diccionario. Para que el concepto pudiera formarse necesitó de vocablos: mediante el análisis y reflexión fue posible formular un concepto y eso permitió tomar una decisión.

Los seres humanos entendemos y comprendemos la realidad mediante palabras. La palabra es el primer nivel de conocimiento. Con ella nos formamos imágenes mentales. Pero cuando pasamos al siguiente nivel, conceptuamos. Ése es el siguiente nivel de conocimiento. Considere la propia palabra concepto. Carece de representación mental, sin  embargo, usted la entiende. El lenguaje le ha llevado a un estado superior a su cerebro. La vida contemplativa, sin la reflexión mediante palabras o alejado del intercambio de ideas con otras personas, empobrece de la realidad.

Esto entonces nos lleva a plantear ¿qué sucede cuando alguien tiene un vocabulario limitado? Justo, lleva a un razonamiento pobre, a un nivel de conocimiento de la realidad muy elemental. El razonamiento es un proceso mental que relaciona conceptos. Pero, para lograr esta relación nos valemos de las palabras conceptualizadas. Nótese cómo hay gente que para razonar lo hace en voz alta y su mirada salta de un lugar a otro, porque no interesa el exterior, sino el proceso que se lleva a cabo en el interior. Obsérvese también cómo muchas nuevas ideas surgen en reuniones de trabajo a partir del planteamiento de otros. Incluso, es común considerar a los mejores expositores como aquellos que nunca les faltan palabras. Y no me refiero a los merolicos, que ellos suelen repetir palabras sin ton ni son (y no obstante, también enganchan a gente con lo que dicen). Hablo de aquellos que nos atrapan con sus charlas. Éstos tienen siempre un excelente manejo del idioma: “El que conoce bien y sabe usar bien su lengua, es decir, el que la domina, tiene mejores armas para su mente que el que posee un conocimiento y un uso deficiente de aquella”, dice Manuel Seco de la Real Academia Española en su libro Gramática esencial de la lengua española.

El estudio amplía el vocabulario. Es más, algunos profesionistas no podrían entender algún aspecto de su materia si no es mediante palabras de uso exclusivo de la ciencia que les sustenta. Por ello, les resulta casi imposible explicar algo si no es con palabras sofisticadas, de uso extraño para la mayoría. De ahí que a muchas personas carentes de instrucción les sea más difícil comprender lo que para muchos es obvio. Es decir, no es por falta de capacidad de comprensión, sino por la pobreza del idioma.Dominar el idioma, ampliar lo más posible su vocabulario, le permitirá enriquecer no sólo su expresión, también la habilidad para razonar y, con ello, comprender mejor su realidad.

sorianovalencia@hotmail.com

El coco, la mano del muerto y Meade: ¡Mejor consíganse un buen cerebro!

Gabriel Ríos

Señor Don Delfín Prifirista, usted ha relacionado a AMLO con Corea del Norte y con Corea del Sur, censurando a los primeros y alabando a ésta última. Lo que no dice es que a principios de la década de 1960, Corea del Sur estaba en la vil calle, igual que Corea del Norte, a causa de la guerra que Estados Unidos animó entre esos dos países a principios de la década de 1950.

Corea del Sur salió del bache, no sin épocas de estancamiento, y nos lleva una gran delantera en muchos aspectos, porque aceptó inversión extranjera, porque hizo ingeniería inversa (piratería que aquí solamente hacen nuestros admirables tepiteños) y porque dedicó una buena parte de su producto Interno bruto a la educación, la investigación y el desarrollo, y, si no me fallan los datos, tiene 7 personas doctoradas por cada doctor mexicano. ¡Buenos dirigentes!, ¿No cree?

Si Corea del Norte fuera tan despreciable, no tendría el desarrollo balístico-nuclear que posee. ¿Le gustaría ver el lanzamiento de algún misil norcoreano y curarse de sus premisas ideológico-económicas? Puede usted criticar la hambruna de Corea del Norte, o la de China. Habrá que preguntarle a su ITAM si encuentra algún parecido entre la hambruna norcoreana y el grado de pobreza extrema que hay en México. Por supuesto que a usted nunca le faltó el pan (y las costosas viandas de la “Haute Cuisine”). No se sorprenda señor genio de la tecnocracia que un día Corea del Norte logre más PhD’s por millar de habitantes, más patentes productivas y mejor PIB per cápita que México; vaya consiguiendo a otro objeto de sus odiosas comparaciones para cuando esto pase.

Nuestro problema es la eterna pugna entre el modelo europeo-norteamericano (sazonado por el “dinerismo”), y un modelo autóctono que nunca pudo ser pero que subyace en el alma mexicana. Por las Naciones Unidas hoy hay legislación para la discriminación y los derechos de los pueblos indígenas. Usted y sus cuates se dedican a convencer a la gente que compren placer y no que busquen la felicidad. Están ahogando a la clase media con una educación privada mayoritariamente “patito” o “patote” (durmiendo a la gente con el cuento de “adquirir relaciones”) y, al mismo tiempo, la están dejando a merced de las varias delincuencias. ¡Pura carne de cañón!

A usted le aplaude el club de Tobi, enriquecido empobreciendo al pueblo, unos vía presupuesto público y corrupción, y otros vía prácticas monopólicas y oligopólicas, y…corrupción. Lo han adoctrinado a usted para relegar el aspecto social, bajo el axioma de que “el precio” es el gran artífice de una economía sana y triunfante, verbigracia los núcleos corporativos de los “outsourcing”, que usted y los suyos usan como perversas riendas para los círculos concéntricos más externos. ¿Por qué no promete en su campaña que le va a cobrar a sus cuatachos los costos ecológicos de sus maravillosos bienes y servicios? No cabe duda que Finanzas mata Humanidad y Naturaleza, esos dos maravillosos sistemas tan entrelazados como manipulados.

Puede repetirse hasta el cansancio que son la corrupción y la impunidad nuestros problemas de mayor jerarquía. En lo personal me permito decir que el problema número uno es que no hemos tenido dirigentes con madera de liderazgo desde 1964. Entiendo por líder a una persona que convoca, motiva y ayuda a las personas a ser autónomas y lo que hemos tenido en cambio son sociópatas y sociófobos, dedicados a mantener al pueblo en la ignorancia y la docilidad.

Benito Juárez al servicio de los gringos

Pedro Salmerón Sanginés

Para quienes piensan que una tenebrosa conspiración mundial busca regir el destino de la humanidad, Benito Juárez es el mayor villano de nuestra historia, pues fue su principal instrumento en México. No está de más recordar que dicha conspiración fue inventada por la policía del zar de Rusia en un panfleto publicado en 1902, para justificar la persecución de los opositores y la limpieza étnica antijudía. Panfleto retomado por los nazis. Se suman a quienes creen en la gran conspiración judía, aquellos convencidos de que la moral católica (mejor dicho, la variante ultramontana de la moral católica) es la única aceptable.

Al convertir a Juárez en el agente de la gran conspiración, hacen de él un traidor a la patria, ampliando las acusaciones que en su tiempo se le lanzaron. La mayoría de esas acusaciones se basaban en una lectura mal hecha o tendenciosa del seudotratado McLane-Ocampo, de 1859, del que ya hemos hablado. Pero otros conspiranoicos e incluso algunos historiadores afirman que la República sólo pudo vencer a la intervención francesa gracias a la ayuda estadunidense.

¿Cómo presentan y cómo sustentan los conspiranoicos y algunos conservadores estas acusaciones? Ya lo hemos dicho: parten de un prejuicio ideológico (el conspiranoico es el más potente, el católico ultramontano no le va muy a la zaga; últimamente no pocos neoliberales retoman los argumentos de aquellos); leen a los autores que sostienen esas versiones, y, sobre todo, se abstienen de practicar el elemento fundamental del oficio del historiador (porque no son historiadores): la crítica y confrontación de fuentes.

Los invito a leer el ejercicio de confrontación de fuentes que sobre este tema hace Paco Ignacio Taibo II, en Patria, vol. III capítulo 166: Muchos historiadores han propuesto que la presión norteamericana a partir de abril de 1865 [fin de la Guerra de Secesión], e incluso su intervención descarada, sería definitiva en la derrota de la Intervención francesa. Algunos lo creen honestamente –el adverbio parece desprenderse de la lectura de Paco– porque privilegian el análisis de los documentos diplomáticos a las acciones de la resistencia nacional, porque creen que la historia la hacen los políticos en los gabinetes y no la gente en la calle y el campo (añado por mi cuenta). Más allá de eso… ¿hubo apoyo estadunidense concreto al gobierno de Juárez? Los documentos cruzados entre tres conspiradores (los generales unionistas Lewis Wallace –luego novelista famoso– y Herman Sturm, y el gringófilo José María Carvajal) parecen sugerir que en algún momento el gobierno de Juárez estuvo de acuerdo con que entraran a territorio nacional 10 mil soldados estadunidenses. Sin embargo, el embajador Matías Romero rechazó el negocio con el cual Carvajal financiaría la aventura y por instrucciones de Juárez, anuló la misión y los proyectos de Carvajal. Eran propuestas fantasiosas, parecidas a las de aquellos que ofrecieron a Maximiliano el concurso hasta de 40 mil soldados de la derrotada Confederación que, en lugar de rendirse, entrarían a México para consolidar su trono (capítulo 147).

En el capítulo 187: Muchos autores establecen que una de las claves de la victoria estuvo en las cuantiosas donaciones de armas y municio­nes hechas por el gobierno estadunidense desde fines de 1865 ¿La base para asegurarlo? Textos de los tres generales antedichos y los libros de Francisco Bulnes. Paco Ignacio contrasta esas declaraciones con otras fuentes de archivo, cartas y documentos de la época, y muestra que el negocio que pretendieron Carvajal y Wallace no sólo fracasó, sino que fue desautorizado por el gobierno mexicano; y que el gobierno de Estados Unidos se opuso a cualquier compra de material de guerra que no se hiciera en pública subasta y se pagara rigurosamente en efectivo. Apenas en la primavera de 1866 empezaron a llegar cargamentos de material así comprado. Lo que había funcionado durante el año precedente fue el tráfico hormiga de los guerrilleros de la frontera: pequeños cargamentos pagados con dinero contante y sonante, obtenido del saqueo a convoyes franceses.

Pero los historiadores acríticos no confrontan sus fuentes y dan por ciertas las presuntuosas afirmaciones de Wallace; toman las promesas por realidades y los sueños por acciones y así, convierten los papeles en fusiles. De la confrontación de fuentes se desprende que mucho más cerca de la verdad están en este caso, dos hombres que participaron en aquella guerra: el imperialista Alberto Hans, que dice “muchas armas… provenían de Estados Unidos, pero habían sido pagadas muy caro y no enviadas gratuitamente”; y el republicano Juan de Dios Arias: “La República no debe a Estados Unidos ni una espada… que no se haya comprado a gran costo, y esto…” tras el fin de la guerra civil.

Patria es el gran fresco de la epopeya nacional y ariete contra la mentira histórica interesada: urge leerlo.

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