Academia jubilar

Arturo Miranda Montero

“Que no entre nadie que no sepa geometría” debiera colgarse a la entrada de los recintos universitarios, tal y como dícese ocurría con el lema de entrada a la Academia de Platón.

Tengo para mí una convicción: son los profesores los más importantes en la vida universitaria, contrario al mito profesionalizante de que son los alumnos, efímeros si los hubiere.

La crisis educativa mundial –y con ella la nacional- tiene en la escuela su centro: a estas alturas de la humanidad aún se cree que escolarizando a todo mundo se logran progresos de todo tipo, que la educación es la piedra de toque de cualquier esfuerzo certificado. Falso. En la era del conocimiento en tiempo real, solo se aprende aquello que verdaderamente se ama con emoción.

La demagógica política de ampliación de la cobertura (más y más espacios donde meter alumnos escolarizándolos para certificarlos a como dé lugar) asfixia todas las finanzas disponibles: se gasta muchísimo en obras construidas sin que necesariamente generen bienestar para el aprendizaje, se utilizan más personas administrativas y de mantenimiento, se establecen categorías directivas no siempre científicas y, sobre todo, se contrata precariamente a profesores con altas cargas de trabajo administrativo para rendir informes innúmeros que nadie sabe para qué.

Claro que ese esquema pone en crisis al sistema de pensiones que se construyó cuando la universidad era un claustro de conocidos. Ahora, en la inmensidad de la masificación, no puede haber júbilo ante la evidente reducción de expectativas de vida y de conocimiento valorado.

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