Adiós Celaya y Muchas Gracias

Gabriel Ríos
Fueron casi siete años de estancia en esta Ciudad los que me brindaron todo tipo de experiencias y aprendizajes; no puedo menos que estar agradecido al respecto. Sin embargo, mi percepción, por desagradecida que parezca, nace de comparar dos mundos, que no son necesariamente los lugares “desarrollados” y los “subdesarrollados”. Ni siquiera es un intento de trasplantar ideas y prácticas de otros lados hacia este asentamiento humano guanajuatense, en el intento de ayudarlo a progresar.
Lo que he tratado de contrastar en mis escritos, es que más allá del adelanto o atraso en el desarrollo tecnológico, está el relegamiento de lo humanístico por un pensamiento colonial, es decir, una forma de ver a la vida y las personas desde la desigualdad e inequidad, como si un color de piel y unas normas sociales rígidas justificaran la discriminación y, aún más grave, sentir que la discriminación es de origen divino, cuyo primer mandamiento es que nunca se extinga.
La etapa porfirista no es el origen de esta conducta, pero sí su refuerzo en el imaginario colectivo, dividiendo a la población entre “rotos” (ricos) y “jodidos” (pobres). Lo más paradójico de este devenir socioeconómico es que la gente de tez oscura, en general, evita a la gente de tez blanca, como una especie de contrapeso al desprecio de los “blancos” hacia los “prietos”. Desde luego existe algún “arribismo” por parte de los “pobres” y algún “donjuanismo” por parte de los “ricos”.
En medio de esta escisión socioeconómica se está colando cada vez con más fuerza la plaga del consumismo, cuyo epítome son los “juguetes” digitales de todo tipo, los cuales tienen un lado positivo, en tanto que facilitan muchas cosas, así como un aspecto fuertemente negativo, porque hacen creer a las personas, notablemente los jóvenes, que son “genios por default”. Ser joven es una enfermedad que antes se curaba con el tiempo; ahora es un derecho de picaporte hacia la intolerancia y la necedad que se agrava al paso de los años.
El factor coadyuvante de este panorama son los padres de familia, que no mantienen una postura firme en lo que a valores respecta, porque la confrontación generacional es algo necesario para que todos reafirmen su autoestima a través del intercambio. En lugar de ello, tenemos padres de familia que tienen miedo de que sus hijos “se enojen” y cometan alguna tarugada si se les contradice y, peor aún, les compran cosas materiales a falta de dedicarles un tiempo de calidad para comunicarse.
Todo esto que he expuesto no es privativo de Celaya, pero es el lugar donde he vivido los años previos y es el que me importa para intentar sembrar lo mismo que muchas otras personas han tratado de sembrar. Necesitamos recuperar la dimensión humana de nuestras vidas, encontrar placer en la confrontación y la negociación, apreciar a las virtudes de las personas y aceptar sus defectos. En ningún teléfono “inteligente” están “programadas” estas manifestaciones de empatía, sea de la marca que sea.
Así que, Celaya, “bon voyage et bon courage!”.

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