Chispitas de Lenguaje

La juventud prejuiciada

Enrique R. Soriano Valencia

Hace unos días subí a mi muro de una red social un cartón donde dos personajes dialogan sobre la forma de calificar diferentes situaciones. El personaje joven dice «superamigos» y  otro personaje, que representa a un anciano, responde «amicísimos o amiguísimos». Varias veces el personaje joven interviene recurriendo a palabras con el prefijo súper- (prefijo es un conjunto de letras enunciadas adosadas antes a una palabra que modifican su significado) y el personaje mayor da la alternativa con sufijos terminados en –ísimo o –érrimo (el sufijo es un conjunto de letras enunciadas al final de una palabra que también modifican su significado). El intercambio de palabras finaliza con el personaje joven que enuncia: «Vas a tener razón en eso de que abusamos  del prefijo “super-“, abuelo». El anciano finaliza con un globo donde se lee «Últimamente anda el vocabulario paupérrimo».

La mayoría de mis contactos hicieron comentarios lamentándose que la juventud desconozca el significado de muchas palabras (‘paupérrimo’ o ‘amicísimo’ son ejemplo). Solo uno de ellos apuntó: «Muy cierto, hemos dejado de utilizar las palabras correctas».

Espero no granjearme la antipatía de mis contactos, pero creo que hay prejuicio en su evaluación (también, en aras de la objetividad, debo admitir que el cartón es igual de prejuicioso al presentar diferencia de edades en los personajes).

Las generaciones adultas tienen como lugar común culpar a la juventud de actos y costumbres diferentes o contrarias a lo que abuelos y padres consideran prácticas adecuadas. Ya Sócrates (siglo v a. de C.) se quejaba del rumbo de la juventud. Los tachaba de comodinos e irrespetuosos; flojos y rebeldes; perezosos e irascibles. Que me disculpen los de mi edad pero si una generación joven no ha sido así; no es joven, nació anciana. Pero me centro en el lenguaje, propio de esta sección.

Si los muchachos no tienen riqueza de lenguaje es porque las generaciones adultas tampoco usan esas palabras. Y, evidentemente, nadie puede echar en falta lo que nunca ha tenido. Es decir, que si los jóvenes no disponen de ese vocabulario es porque los adultos también hemos dejado de usarlos. Si un niño grita «¡¡¡goool!!!» es porque ha visto a adultos que así llaman a la anotación. Un niño de una civilización perdida en lo más recóndito del mundo nunca ha visto y jugado futbol, por más que sepa que un equipo logró una anotación ni de chiste le surgiría la palabra ‘gol’ por su mente.

El pauperismo del lenguaje no es problema generacional; es responsabilidad de la sociedad en su conjunto que no recurre a toda la riqueza léxica que se ha acuñado a lo largo de los siglos. No nos quejemos los adultos de los jóvenes que no saben hablar, obliguémonos nosotros –las generaciones mayores – a usar términos y vocablos con variedad. Recurramos a formas y estilos diferentes para dotar a quienes nos oyen, de alternativas. Los muchachos no van a crear un lenguaje rico solo con nuestras quejas. Pongámonos en marchas para que quienes caminan a nuestro lado también aprendan el paso.

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