El curioso impertinente o el peligro de saber

Jeremías Ramírez Vasillas

En el Quijote de la Mancha, en el capítulo XXXIII, don Miguel de Cervantes y Saavedra, no regala una novelita interesante que se titula “El curioso impertinente”. La impertinencia, nos dice el diccionario, es lo que “no es adecuado u oportuno en un momento o una ocasión determinados”. O bien, “aquella actitud que resulta “molesta por sus exigencias o peticiones”.
Anselmo, el personaje cervantino, es el curioso impertinente que vive casado con la hermosa Camila a quien ama y ella a él. Pero se le mete un mal gusano: quiere saber que tanto lo ama su esposa. Y para probarlo le pide a su amigo Lotario que seduzca a su mujer. Lotario se niega pero Anselmo es su mejor y más estimado amigo y finalmente cede. Cómo era de esperarse en una mujer virtuosa, Camila no cae a la primera, y hasta se molesta con Lotario. Sin embargo, tras una paciente y bien lograda insistencia, Camila termina enamorándose de Lotario. Anselmo, entonces, cae en la desgracia.

Esta curiosidad impertinente es harto común en las relaciones de pareja. El novio o el esposo u esposa, quieren hurgar en la vida y en el pasado de su pareja, sin considerar que muchas veces es mejor quedarse en la ignorancia. Es mejor confiar en la pareja y lo que haya que saber que ella misma lo revele cuando sea el caso y sea necesario. Hay veces que un marido, en una borrachera o en un arranque de culpa, confiesa a su pareja sus deslices, arruinando con ello su matrimonio.

En la novela Liquidación, del escritor húngaro Imre Kertész, premio nobel 2002, narra la vida de un editor que busca afanosamente una supuesta novela de un amigo que se acaba de suicidar y presiona a su ex mujer de que se la entregue, pues sospecha que ella la tiene. La sospecha no es infundada, salvo que ella la ha quemado. Pero el editor, para presionarla, la amenaza con contarle parte de su pasado a su marido. Éste, cuando se entera, quiere saber más y más, y termina por destruir la frágil pero feliz relación.

Un caso similar lo encontré en la novela Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, una gruesa novela, en la que hay una historia de amor entre una muchacha extraña misteriosa y un joven que cae en esta curiosidad impertinente, echando al traste una relación que lo dejará sumamente dolido y vagando en la Patagonia.

En Justine, novela de Lawrence Durrell, es precisamente Justine, una bella mujer alejandrina, cuyo pasado la ha marcado y ha forjado en ella un ente errático misterioso, que una noche le cuenta a su marido (uno de tantos) que de adolescente fue violada, lo cual la ha dejado impedida para tener relaciones sexuales libres y amorosas. Y cada que tiene un encuentro sexual la imagen del tipo viene a su memoria de modo que sigue, con otros, experimentando una violación permanente. Atrapada en esta circunstancia busca relaciones con diversas personas, tachada por ello de ninfómana. Pero esta supuesta ninfomanía no es más que la búsqueda de su liberación. El marido, lastimado por esa revelación, va a en busca del tipo y trata de saber más para ver si puede rescatar a su mujer, pero lo único que logra es perderla, pues Justine no aguanta el acoso y lo abandona.

Estas novelas, verdaderas radiografías de la psicología del amor y del ser humano (o de las mujeres si se quiere), nos muestran la complejidad de las relaciones amorosas, y de la ingenuidad de los amantes que creen llegaran al fondo y terminan enredados en un mar de suposiciones harto superfluas que los lleva a perderlo todo.

Quizá la enseñanza sea que si uno ha encontrado una relación que nos permite crecer y creer y a saborear la vida, no le andemos buscando las inexistentes patas al gato.

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