Francesci Sacchetti

Florencio López Ojeda

Florencia (1335-1400) Lo mejor de su obra literaria son sus cuentos populares. Hoy leemos:

NOVELA IV

Messer Bernabó, Señor de Milán, fue temido en su tiempo. Entre otros casos que le acontecieron fue éste, de un rico abad que incurrió en una falta por negligencia. Temeroso del castigo, el abad le pidió su perdón. Y el dicho señor viéndole pedir misericordia, le dijo:

–Si tú me aclaras cuatro cosas, yo te perdonaré en todo; y las cosas son éstas: que quiero que me digas cuánto hay de aquí al cielo, cuánta agua hay en el mar; lo que se hace en el Infierno; y lo que vale mi persona. El señor le dio de plazo todo el día siguiente.

El abad, preocupado, con gran melancolía tornó a la abadía, soplando como caballo que se espanta; y allí encontró a un su molinero, que al verlo tan afligido, dijo: ¿Qué os pasa? El abad le contó.

El molinero le dijo: –Yo os sacaré de este apuro, si queréis.

El abad le contestó: –Si tú tal haces, llévate lo que quieras.

Dice el molinero:

–Dejaré esto a vuestra discreción.

–¿Cómo harás? –dijo el abad.

Entonces replica el molinero:

–Intento vestirme la túnica y la capa vuestras y rasurarme la barba, y mañana de mañana iré ante él, diciendo que soy el abad; y responderé a las cuatro preguntas y espero dejarlo satisfecho.

Ante el señor, con la poca luz, hizo reverencia, y se cubrió con la mano el rostro para no ser conocido. El Señor le preguntó si llevaba respuesta a las cuatro cosas que le había preguntado. Replicó:

–Señor, sí. Me preguntasteis qué distancia hay de aquí al cielo. Vistas las cosas justamente, está de aquí a treinta y seis millones y ochocientas cincuenta y cuatro mil millas y media, y veintidós pasos.

–Tú lo has visto muy justamente; mas ¿cómo lo pruebas?

Repuso: –Hacedlo medir y si no es así ahorcadme por la garganta. La segunda pregunta: cuánta agua hay en el mar. Esto me ha sido muy difícil de averiguar, porque es cosa que no está quieta, y siempre le entra agua. Sin embargo, he visto que en el mar hay veinticinco mil y novecientos ochenta y dos millones de cubos, y siete barriles y doce azumbres más dos vasos.

Dice el Señor: –¿Cómo lo sabes?

Responde: –Lo he averiguado lo mejor que he podido: si no lo creéis, haced buscar barriles y a comprobarlo; si no es como yo digo, que me descuarticen. Lo tercero que me preguntasteis es qué se hacía en el Infierno. En el Infierno se raja, se arrancan jirones y se ahorca, ni más ni menos como lo hacéis vos.

–¿Qué razón das de esto?

Responde: –Hablé ya con uno que ahí estuvo, y de éste tomó el florentín Dante lo que escribió acerca del Infierno; pero ya murió; si no lo creéis mandadlo ver. Cuarto, me preguntasteis cuánto vale vuestra persona; y yo os aseguro que vale veintinueve dineros.

Cuando Messer Bernabó escuchó esto, furioso se volvió, diciéndole:

– Que ahora mismo te nazca un pulgón venenoso; ¿soy tan poca cosa que valgo lo que un cántaro?

Replicó, y no sin gran temor: –Señor mío, escuchad la razón. Sabéis que Nuestro Señor Jesucristo fue vendido en treinta dineros; fue la causa de que valéis un dinero menos que Él.

Oyendo esto el Señor, se imaginó por cierto bien que éste no era el abad, y mirándolo fijamente comprendió que era mayor hombre de ciencia de lo que el abad era, y dijo:

–Tú no eres el abad.

El miedo que tuvo el molinero, cualquiera lo piensa; hincóse y con las manos juntas imploró misericordia, diciendo al Señor cómo era él molinero del abad, y cómo disfrazado fue conducido ante Su Señoría, y en qué forma había vestido el hábito, y todo más por divertirlo que por malicia. Messer Bernabó lo escuchó y dijo:

–Ahora pronto, puesto que él te ha hecho abad, y que sabes más que él, en fe de Dios yo te quiero confirmar y ordeno que de aquí en adelante tú seas el abad, y él sea el molinero, y que tú disfrutes de toda la renta del monasterio, y él haya la del molino.

Y así logró durante toda su vida que el abad fuese el molinero y el molinero, el abad.

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