Guanajuato atrancado

Arturo Miranda Montero

Cuando un aspirante a gobernar se lanza con su organización para lograrlo, promete que cumplirá ofertas cambiantes de las cosas.

El panismo guanajuatense, ya se sabe de viejo, llegó a la gubernatura mediante un arreglo presidencialista. Ya luego, el Yunque se hizo del partido para darle rumbo y encargo a sus cofrades.

Así se ha realizado la sucesión, en estricta prelación de la compañía. Ninguno de los gobernadores ha podido serlo sin la anuencia y bendición yunquetas, Márquez, el actual, incluido.

Lo que al paso de los lustros ha sucedido es que también se han encumbrado los arribistas y los disfrazados de panistas que no son, ni serán, yunques. Ellos se han encargado de los cargos y de las nóminas, hasta embarnecer a una burocracia que ya exige posiciones y quiere decidir por separado.

El desgaste del usufructo del poder que se les escrituró cobra sus facturas. El Yunque ahora tiene que negociar con la burocracia que controla las instituciones estatales y municipales. Puede suceder que concilien o puede que choquen.

Lo que a los mirones ajenos a esos intríngulis blanquiazules nos queda es ese sabor acedo del tiempo atascado en un sistema político donde la pugna se da al interior del partido hegemónico, donde la cargada se aceita con los recursos públicos y donde ya se sabe quién ganará la elección formal.

Quien haya sobrevivido al priismo sabe que es exactamente así como se hacía la política guanajuatense: cambió el partido pero se quedaron las mañas que ya apestan bien entrado el siglo. Y vienen ya las promesas de temporada.

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