La idea comunista

Pedro Salmerón

A 50 años de la muerte del Ché Guevara y a casi 100 años de la Revolución rusa, parece que su herencia está descartada y solo pertenece al basurero de la historia. Emmanuel Teray se pregunta:

¿Debería el proyecto comunista, tal como se le ha elaborado desde el siglo XIX, arrinconarse entre las grandes utopías que han marcado la historia del pensamiento político occidental –desde Campanella hasta Tomás Moro y Fourier-; o aún es capaz de proporcionar significados y perspectivas para nuestras luchas actuales?
Esta pregunta de Emmanuel Terray sintetiza muy bien la preocupación general de varios estudiosos que, tras la caída del muro de Berlín, han buscado recuperar la historia del comunismo. El propio Terray inicia sus reflexiones tratando de explicar “el desastroso final del socialismo realmente existente” como consecuencia “de la transformación del movimiento comunista en una religión seglar” que creó “una auténtica iglesia con sus dogmas, sus rituales, su jerarquía y su inquisición”. Una organización que difícilmente podía convertirse en un instrumento para “la emancipación colectiva”.

Pero puesto que la caída del socialismo realmente existente no significó el fin de la explotación capitalista y las formas de opresión que la acompañan, “era fácil predecir que el fénix comunista renacería pronto de sus cenizas”, muchas señales de lo cual aparecen en la primera década del nuevo siglo. Y estas señales de renacimiento de la idea comunista son las que obligan a preguntarse por sus lecciones y sus herencias.

Todo pasado deja preguntas qué plantearse o lecciones qué aprender. ¿Cuáles deja a Terray el fracaso del socialismo real? Una primera serie de preguntas tiene que ver con el tema de la abolición de la propiedad privada, sus tiempos, sus formas y sus alcances, así como diversos modos de propiedad alternativos a la propiedad estatal que primaba en el socialismo realmente existente. Otras preguntas tienen qué ver con la relación entre el mercado y la planificación. Finalmente, se plantea una serie de preguntas sobre “la democracia en el lugar de trabajo”. No la democracia política ni su ficción liberal, sino la abolición misma del trabajo asalariado.

Preguntas, plantea Terray, porque a fin de cuentas, el comunismo postsoviético, el que parte de la crítica histórica al socialismo realmente existente y las razones de su fracaso, se plantea a veinte años de aquel fracaso, más preguntas que respuestas. Alain Badiou señala que durante el siglo XIX, la idea comunista estuvo ligada a cuatro tipos específicos de violencia:

La violencia revolucionaria, ligada a la toma del poder; la violencia dictatorial, ligada a la destrucción de los restos del antiguo régimen; la violencia transformadora, ligada al nacimiento más o menos forzado de nuevas relaciones sociales; y la violencia política, ligada a los conflictos en el interior del partido y del Estado (p. 8).
Del terror revolucionario, como una de las formas que adquiere esa violencia, depende “casi exclusivamente” la propaganda anticomunista. Desde la idea comunista se puede negar la existencia del Terror, minimizarlo y presentarlo como algo necesario, o explicarlo como algo relativo a su época pero que no es inherente a la idea comunista. Pero también se puede mostrar el Terror como el síntoma de una desviación del comunismo y mostrar que debió haberse evitado. Esto es aún más importante cuando críticos “de izquierda” señalan que el terror es inherente a la idea comunista y suponen a la vez que la idea comunista está muerta y enterrada.

Frente a ello (y aquí también hay más interrogantes que respuestas), Badiou propone examinar (y “posiblemente […] destruir”) “la teoría del consenso, que achaca toda la responsabilidad del Terror a la idea comunista” (p. 13). La reflexión sobre el Terror implica la inquisición sobre el proceso concreto del primer ensayo de la idea comunista en la historia (y la inevitable analogía que recuerda el rescate que hace Isaac Deutscher de la parábola del Gran Inquisidor, de Dostoyevsky en Los hermanos Karamazov, con el inicio de las purgas estalinistas: “¿Estaba la idea cristiana ligada en un principio a la Inquisición o a la visión de San Francisco de Asís?”).

Para Badiou, el Terror, “lejos de ser una consecuencia de la idea comunista, en realidad proviene de una fascinación por el enemigo, de una rivalidad mimética con él”; y a fin de cuentas, de una renuncia a la idea comunista. Y esta conclusión abre la verdadera pregunta para el siglo XXI: ¿la idea comunista está necesariamente vinculada a la violencia?

Y entonces, Slavoj Zizek nos recuerda que las preguntas carecen de sentido en un mundo donde no hay verdad posible, donde el poder  procura “deshistorizar” (en México le llaman “desmitificar”) y “despolitizar” (en México le llaman “todos son iguales”). A menos que volvamos a colocar en el centro la política (y la economía política). Y entonces, pueden abrirse todas las preguntas posibles: “¿Qué organización social puede reemplazar al capitalismo existente? ¿Qué clase de nuevos líderes necesitamos? ¿Qué organismos, incluso de control y represión?”, partiendo, como Badiou, de la crítica histórica, del hecho concreto de que “las alternativas del siglo XX no funcionaron”. Partiendo también de que la caída del socialismo real no hizo sino exacerbar los modelos de represión y opresión capitalista.

Para Zizek y otros autores, del EZLN a los movimientos altermundistas, de los judíos antisionistas (en Israel) a Ocuppy Wall Street, se vuelve a abrir la necesidad de, sin abandonar la defensa del multiculturalismo, volver a poner en el centro de la discusión la economía política y recuperar, tras una despiadada crítica histórica, la idea del comunismo.

En Slavoj Zizek (Ed.), La idea de comunismo, Madrid, Ediciones Akal, 2013.

*Pedro Salmerón Sanginés es profesor e historiador
Twitter: @HistoriaPedro
Blog: lacabezadevilla.wordpress.com

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