Las mujeres de Pénjamo

Pedro Salmerón

Los días 29 y 30 de noviembre de 1814 un número indeterminado de mujeres fueron arrestadas en Pénjamo y en la vecina Hacienda de Barajas por tropas del coronel Agustín de Iturbide. Fueron quizá 300 las mujeres que, con sus hijos, fueron llevadas por la fuerza a Irapuato y Guanajuato, donde fueron encarceladas sin formación de causa en los conventos de Recogidas de esas ciudades.

El coronel Iturbide informó a su superior, el general Félix María Calleja, que había trasladado a “todas las mujeres de los Insurgentes”, y en otros documentos aparecen entre las presas la “amasia” del caudillo José Antonio “el Amo” Torres, parientas de don José Sixto Verduzco, y esposas de otros personajes adictos a la causa nacional. Finalmente, tras más de dos años presos, fueron gradualmente liberadas a lo largo del primer semestre de 1817.

¿Por qué se encarceló a las mujeres de Pénjamo? El coronel Iturbide pensaba que obrando así, segregaría a los malos de los buenos (palabras textuales), a los “buenos fieles a su soberano” de los perversos rebeldes. En términos de contrainsurgencia, buscaba eliminar los apoyos a la insurgencia, quitarle elementos, arrinconarla. Los insurgentes respondieron con igual violencia: la guerra de Independencia en el sur del Bajío se convertía en una guerra civil de pueblos contra pueblos, cada vez más despiadada.

Sin embargo, entre la violencia de las partidas de uno y otro bando, destaca la del jefe realista de la región, el coronel Iturbide, quien ordenó incendiar todas las poblaciones que simpatizaran con los rebeldes, y amenazó con fusilar a las mujeres presas en el Convento de las Recogidas de Irapuato: “si estos ejemplares y castigos terribles no fueren suficientes” –escribió-, “destruiré, aniquilaré cuanto hay en posesión de los malos: Valle de Santiago, Pénjamo, Pueblo Nuevo, Piedra Gorda, Santa Cruz, dejarán de existir”.

Las autoridades de la ciudad de México recibieron una oleada de críticas por estas acciones, por lo que Iturbide debió defenderse y justificarse. Escribió entonces que:

“esta clase de mujeres, en mi concepto, causan a veces mayor mal que algunos de los que andan agavillados, por más que se quieran alegar leyes en favor de este sexo, que si bien debe considerarse por su debilidad para aplicarle la pena, no puede dejarse en libertad para obrar males, y males de tanta gravedad y trascendencia: considérese el poder del sexo bello sobre el corazón del hombre, y esto solo bastará para conocer el bien o el mal que pueden producir”.

María José Garrido muestra que estas acciones y estas opiniones no eran hechos aislados (el propio Iturbide había ordenado meses antes ejecutar a Tomasa Esteves por intentar “seducir” a la tropa, en Salamanca: escribió Lucas Alamán que “habría sacado mucho fruto por su bella figura, a no ser tan acendrado el patriotismo de estos soldados”). Era común que los realistas acusaran de prostitutas a las mujeres insurgentes, negándoles así una existencia política.

“Las autoridades y militares realistas estaban convencidos de que las mujeres actuaban en favor de la causa rebelde. Su plan para recuperar el control político y militar del territorio incluyó, además de la persecución militar de los insurgentes, el desmantelamiento de las bases de apoyo que los pueblos proporcionaban a los rebeldes. Y este apoyo era proporcionado por las mujeres que se quedaban en los pueblos”.

Conscientes de ello, fueron recrudeciendo los castigos contra las mujeres. Y se hizo práctica común la acusación, descalificadora en lo político y lo moral, de prostitutas a aquellas mujeres opositoras. María José Garrido hace también un aporte a la historia de género, al mostrar la persistencia de las acusaciones provenientes de la cultura patriarcal contra las mujeres. Es también una muestra del  carácter y la actuación de un personaje, Iturbide, que para algunos es “libertador”.

La documentación sobre estas acciones que hoy llamaríamos de contrainsurgencia, aportan más elementos a los descubrimientos hechos por autores como Luis Fernando Granados y Juan Ortiz Escamilla, sobre la masiva participación popular de los guanajuatenses en la guerra de Independencia. En próximo artículo mostraremos, a través de John Tutino, el carácter de revolución social de aquella revolución y su inmenso impacto global: lo que ocurrió en el Bajío en 1810-1811 transformó de manera decisiva.

*Pedro Salmerón Sanginés es profesor e historiador

Twitter: @HistoriaPedro

 

Blog: lacabezadevilla.wordpress.com

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