Juan Hernández mayo 14, 2018

Sin una competencia cerrada, sin un rival que se le acerque, el partido que ha gobernado Guanajuato por 27 años, muestra un comportamiento artrítico que solo evidencia la falta de recursos para renovarse y atender los nuevos y urgentes problemas del estado

Arnoldo Cuéllar Ornelas

Ninguna encuesta de las que se han conocido sobre Guanajuato da ninguna otra posibilidad más que el triunfo de Acción Nacional en la carrera por la gubernatura. Es decir, el PAN no está compitiendo más que por refrescar su legitimidad, recuperar base social, superar el desgaste de gobernar.

No es que los gobernadores de este partido hayan sido fuera de serie, en realidad todos han gozado de un enorme bono de credibilidad de la población guanajuatense, que no ha tomado en serio ni el crecimiento de la corrupción, ni el auge de la inseguridad.

Márquez gusta de presumir sus altas calificaciones que, hoy por hoy, lo colocan como el gobernador más apreciado por sus gobernantes en la República. Sin embargo, Juan Manuel Oliva, pese a su polémica actuación, podía presumir de lo mismo, salvo que quizá se encontraba empatado con algunas joyas como Javier Duarte o César Duarte.

Sin una oposición consistente y con una prensa mayoritariamente a modo, los gobernadores de Guanajuato pueden pasar por alto la tarea de gobernar con eficiencia y honestidad, mientras se mantenga la buena inercia económica propiciada por la consolidación de la inversión extranjera, quizá la política más exitosa del ciclo panista en Guanajuato, iniciada por cierto en el último gobierno priista de la entidad.

Por ello llama la atención la actitud de arrinconamiento que ha asumido el PAN en la actual campaña electoral, confinándose a cuidar el voto duro y rechazando la posibilidad de conquistar al nuevo electorado que se asoma a las urnas por primera vez, que solo ha conocido gobiernos panistas y ha sufrido el deterioro de la convivencia en los últimos años.

Más de un candidato panista ha externado la prohibición que tienen de acudir a debates que no sean los que oficialmente convoquen las autoridades electorales. La actitud habla de que este partido se asume como dueño de los votos de la mayoría de los guanajuatenses y sus abanderados no tienen porqué rebajarse a contrastar ideas con candidatos de otras fuerzas políticas.

La misma actitud se dejó sentir frente a la emergencia que significa el atentado mortal contra un candidato de la oposición lopezobradorista ocurrido en Apaseo el Alto, hecho inédito en Guanajuato.

Lejos de situarse por encima de partidismos y de aprovechar la oportunidad para ir construyendo los escenarios postelectorales de diálogo y convocatoria a los partidos, el abanderado panista Diego Sinhue Rodríguez eligió la vía de la confrontación al llamar a Morena a revisar la selección de sus candidatos, cayó en una abierta criminalización y echó mano de datos tergiversados, como el antecedente de que el candidato mató a una persona hace una década en lo que un juez consideró ejercicio de la legítima defensa, el mismo mecanismo que los panistas promovieron en la actual legislatura como respuesta al auge de la violencia en el estado.

De acuerdo a las cifras que revelan las mismas encuestas, Morena podría surgir junto con sus aliados como la segunda fuerza política del estado en la próxima elección, por lo que la actitud de Rodríguez Vallejo de utilizar el incidente para la pugna de campaña, anticipa lo que pudiera ser su política en el futuro.

Probablemente, el panista y sus estrategas sigan pensando que gobernar el próximo sexenio será una extensión de los dos inmediatos anteriores: el PAN como dueño del escenario, de las relaciones con las cúpulas económicas y del manejo de los medios de comunicación.

De esa manera, la actitud del candidato panista no estaría mostrando una disposición a buscar la renovación del ejercicio de poder que hasta ahora ha realizado este partido, sino continuar repitiendo esquemas sin hacerse cargo de los signos de agotamiento que ya no pueden ocultarse.

Si cada acto y cada gesto comunican, el que desde la cúpula de la campaña panista no se haya respondido al ominoso suceso con una actitud por encima de la batalla partidista, máxime que el resultado de esta es ampliamente predecible, deja la sensación de una gran cortedad de miras.

Lo grave, lo preocupante, es que los problemas en que vemos sumido a Guanajuato en los últimos tiempos no requieren solo de una renovación de personas, sino de un giro completo en la conceptualización del poder y en su ejercicio, que incluya un diálogo profundo de las distintas fuerzas políticas.

Más de lo mismo no parece la receta, menos si se piensa en la ineludible curva de aprendizaje por la que debe pasar todo equipo que arriba al gobierno, que se prolongará mas por la indisposición a correrse riesgos que parece el signo de los tiempos en el PAN de Guanajuato..

En ese sentido, la campaña parece un tiempo desperdiciado por el candidato panista que no abandona su papel de delfín y con ello contribuye al desgaste de la marca que representa.

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