Toponimia de Tenochtitlan

Enrique R. Soriano Valencia

El pasado 13 de agosto se conmemoraron los 497 años de la caída de México Tenochtitlan a manos de los ejércitos (en su mayoría guerreros de estas tierras y de los conquistadores españoles) encabezados por Hernán Cortés. Y si la fecha pasa inadvertida para la mayoría de los mexicanos ‒a pesar de significa un severo trauma no superado‒, lo esencial, las palabras que debían ser recuerdo y orgullo se han extraviado con el peso y paso de los años.

Una de las características principales de la cultura autóctona es que valoraba las palabras, las tlatolli. Las consideraba el alma de los seres humanos. La vocablos no solo tenía el mérito de nombrar elementos de la realidad ‒sea concreta o imaginaria‒. Las voces tenían como propósito entender la realidad. Su finalidad era llevar al pensamiento y la reflexión más allá de lo estrictamente material. Es decir, obligaba al usuario del idioma a analizar, valorar y relacionar diferentes aspectos y con ello comprender mejor su entorno.

De ahí que fuere fundamental en la antigüedad mesoamericana (la parte central de México y una parte de Centroamérica) atesorar las palabras como un bien importante y heredarlas a las nuevas generaciones no como un simple legado idiomática (tener una lengua materna); sino como un elemento para enriquecerse espiritualmente.

De ahí que sea preocupante darnos cuenta en la actualidad que se han perdido los significados profundos de palabras tan básicas como el nombre de la ciudad que fundaron los antiguos mexicas, porque ellos representaban la esencia de la identidad nacional. Es decir, de ella heredamos el nombre de nuestro actual país y el gentilicio. Somos mexicanos, pero aún desconocemos lo que significa eso.

Hay un centenar de hipótesis de los que significa México. Paco Ignacio Taibo II recopila en un libro todas ellas. En alguna otra ocasión en este mismo espacio las traté y señalé la que a mi parecer es la más aceptable, acorde a la historia y el contexto religioso de los mexicas.

Sin embargo, en esa toponimia ha quedado sin resolver el otro de los nombres: Tenochtitlan. Al igual que sucede con el vocablo México, hay varias versiones. Una de ellas apunta a que ese nombre fue tomado porque ello implicaría que era la ciudad del sacerdote Tenoch. No obstante, a pesar que ello se acepte, sigue sin conocerse su significado profundo. Es decir, que no es congruente con la cultura, ni tiene paralelo simplemente quedarse como la Ciudad de Tenoch.

Según otra versión, más aceptable, la primera parte viene de tetl, que es el nombre genérico de ‘piedra’ en náhuatl. El segundo elemento, nochtli, es referido al fruto del nopal que aquí llamamos ‘tuna’. Por último, la terminación tlan es un sufijo que implica abundancia. En una traducción literal implicaría el lugar donde abundan las piedras y las tunas, un tunal pedregoso. Sin embargo, debemos recordar que el lenguaje náhuatl tenía mucho de metafórico. Por ello, cobra sentido que el códice Borgia suponga que implica más el Corazón de la Tierra.

Este última interpretación tiene mucho más sentido si consideramos el propósito que tenía la cultura mexica ­–ser guardianes del Cosmos a partir de proteger y fortalecer al Quinto Sol–, entonces  cobra más sentido que los mexicanos primigenios consideraran su ciudad como el Centro del Universo (cem-anahuac), Corazón de la Tierra (Tenochtitlan) y el Punto desde donde parte todo (México).

Honremos entonces esta memoria. Hace casi medio milenio fue derrotada la ciudad considerada el punto desde donde debía partir todo el conocimiento por estar en el centro del Universo, el corazón de la Tierra. Pero la derrota de la ciudad, no debe ser la derrota del espíritu que anima a sus herederos. Como mexicanos ahí está nuestro compromiso.

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